San Andrés, tierra de encantos naturalesLa isla San Andrés, extensión colombiana en el Mar Caribe, es uno de los destinos más elegidos  de Sudamérica. Entre encantos naturales, la calidez de los isleños y la amplia oferta de actividades seduce a visitantes de todas partes del mundo.
A sólo dos horas de avión de la capital colombiana, el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina es un boom de naturaleza. Se trata de pequeñas islas de arena blanca -la mayor de ellas de 26 kilómetros cuadrados- rodeadas de un mar transparente que visto desde el aire regala distintos tonos de azules y turquesas.

En San Andrés la vedette indiscutible es la playa, y el mejor lugar para apreciarla en plenitud es el Islote Sucre, o mejor conocido como Johnny Cay, el mayor de los cayos que rodean el archipiélago. Ubicado a solo un kilómetro de la costa, este cayo será una de las mejores excursiones posibles ya que cuenta con un puñado de balnearios, incontables palmeras, playas pequeñas que alternan fuertes rompientes con piscinas naturales y barras de tragos por doquier en las que los bartenders locales preparan cócteles frutales y coloridos que invitan a refrescarse bajo el sol caribeño.

A la hora de las actividades en San Andrés la mejor opción será dar una vuelta por la isla  con cortas distancias que separan el norte y el sur.
En la parte norte se encuentra el aeropuerto y junto a él varios alojamientos de lujo como el resort Decameron Isleño y el hotel Bahía Sardina. En cambio, hacia el sur, lo primero que se encuentra en un pequeño cabo que cierra la Bahía de San Andrés es el Aquarium Decameron, cuyas habitaciones cuentan con salida al mar. Más al sur se llega a la base naval y al Cayo El Acuario, otro de los puntos claves del archipiélago. Una fina capa de agua separa este cayo del Islote Córdoba o Haynes Cay a lo largo de 60 metros de distancia que se hacen a pie.

El Hoyo Soplador será la atracción natural más resonante de San Andrés. Se trata de un túnel de más de 30 metros cavado por las olas a lo largo de los siglos que culmina en una chimenea por donde el mar arroja chorros de agua interminables anticipándose con un silbido al cual se debe su nombre.